Uno sube las escaleras frente a la Sala
Avellaneda con los tambores ya entre las sienes y dobla frente al Café
Cantante y atraviesa las oficinas del Teatro Nacional para llegar a las
taquillas.
Encima de ellas baila todos los días una compañía de danza.
De ahí provienen los batá. Del segundo piso. Porque del tercero se
desprenden las notas clásicas de un piano que se ahoga entre las barras y
el linóleo.
No perturbarían el folclor que emana de los cuerpos sudados
ni aunque quisieran. Un profesor negro enseña una correctísima
contracción y enseguida abre los brazos y los mueve en ondas, al ritmo
de la música, junto con los hombros y parte del torso. La mirada,
impertérrita. Los músicos cantan a Oyá, pero yo creo que el negro tiene
hecho Yemayá. O pudiera ser Obbatalá. Nunca acierto en esas cosas. Los
demás bailarines lo imitan, pero el negro tiene la rumba metida en los
huesos y se abandona y los abandona hasta que cesa la música.
