El dolor de Guillermo Avilés

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martes, septiembre 24, 2013

Quisiera recibir a mi hijo en la puerta de la cárcel

 Magali Llort, madre de Fernando González, añora vivir la salida de su hijo de la cárcel, en febrero del 2014.

—Fernan, ¿qué haces cuando nos vamos de la visita?, le preguntó Magali Llort Ruiz a su hijo, mientras detenía sus ojos en el uniforme verduzco, estigma de celda y de espera.

—Me acuesto, cierro los ojos y me parece que estoy flotando, le respondió Fernando González, quien, ante la inesperada interrogante, se estiró, con los dedos, el grueso bigote para contener la emoción.

Esas palabras, Magali las ha recordado más de una vez, como más de una vez se han encajado en su mente las paredes de ladrillos rojizos de la entrada de la prisión de Safford, Arizona, Estados Unidos, que encierran los 50 años de vida de Fernando, uno de los Cinco, cumplidos el 18 de agosto pasado.

“Cuando me informaron que mi hijo estaba preso en Estados Unidos, ese fue el momento más amargo de mi vida”, sostiene esta mujer de 74 años, cuya existencia no ha estado marcada por la buenaventura.

Magali no pregona su historia; pero, en el recuerdo permanecen los viajes al sanatorio donde permanecía internado su padre, debido a una afección pulmonar. Al no permitírsele entrar, la niña aguardaba en la puerta por su madre, quien, también, pasaba las de Caín para recuperar la plaza cuando la dejaban cesante como empleada pública en el entonces Ministerio de Justicia.


Luego del Primero de Enero de 1959, su mamá y parte de la familia emigraron hacia Estados Unidos; ella no lo consintió. De una oficina de seguros pasó a laborar en el Banco Nacional de Cuba. A los 30 años de casada llegó el divorcio.

En 1998, mientras realizaba los trámites para permutar su casa por dos apartamentos y así ayudar a Fernando, le sorprendió la noticia de su detención y de la misión en la Florida, desde donde él alertaba a Cuba de las acciones de grupos, organizaciones hostiles contra nuestro país y, en específico, del terrorista Orlando Bosch.
“Saber que había entregado su juventud por esa causa, me dio fuerzas para resistir los primeros 17 meses que estuvo incomunicado; pensé que no podía soportarlo”, comentó, vía telefónica, a estos reporteros.

Después de permanecer recluido en el Centro Federal de Detenciones de Miami, González Llort fue transferido, primero, a una institución carcelaria en Oxford, Wisconsin, y posteriormente a Terre Haute, Indiana, en el 2007. A mediados del pasado año, lo trasladaron a Safford, Arizona, donde expirará su condena de 17 años y nueve meses el 27 de febrero del 2014.

“Quisiera recibir a mi hijo en la puerta de la cárcel, verlo salir de allí; pero eso depende de que me den la visa para esa fecha”, subraya la madre con la impaciencia rozándole las palabras.

Pero, los sobresaltos quizás no terminen para usted ese día

Precisamente, en estos momentos Fernando está en contacto con un abogado norteamericano especialista en el tema migratorio; por ser ciudadano cubano, una vez terminada su condena, se supone que tenga que pasar a una prisión migratoria. ¿Cuál es la intención con el abogado? La intención es que encamine todo ese trámite, de manera que ese tránsito de Fernando sea lo más corto posible, inclusive que sea declarado deportado desde que salga de prisión. En la parte legal se está trabajando actualmente para poder viabilizar su regreso. Ese proceso puede demorar más, puede demorar menos.

¿Cuánto desvela a Magali que Gerardo Hernández esté destinado, legalmente, a morir prisionero?

No se lo pueden imaginar. Ese tema lo conversamos con Fernando cada vez que lo visitamos. Independientemente que desde el punto de vista personal mi hijo pueda sentirse aliviado porque le queda poco tiempo, él tiene en su conciencia que tiene que seguir luchando por el resto de sus hermanos. Todos ellos nos preocupan, pero, obviamente, el caso de Gerardo todavía más.

Él no tiene final de sentencia, por su sanción de dos cadenas perpetuas más 15 años. No acabamos de comprender eso; si una persona tiene una sola vida, no entendemos que en el aspecto legal le impongan dos cadenas perpetuas. Nadie vive, resucita y vuelve a vivir para volver a morirse. Gerardo nos duele mucho; su sanción es totalmente injusta; él no tiene nada que ver con lo que le imputaron. No podemos dejar que Gerardo se nos muera en la cárcel. Conocemos los prejuicios que hay en Estados Unidos contra cualquier cuestión que venga de nuestra Cuba; todo el odio lo descargaron contra Gerardo.

Abril de 2013. En la sala de visita de la prisión de Safford, el fotógrafo testimonió la dicha, pese a la ojeriza de los guardias. Por primera vez en más de 14 años, Magali disfrutó el reencuentro de Fernando, Marta y Lourdes, sus tres hijos; frente a ella, conversaron, sonrieron, despidieron las angustias. Solo en ese instante, la madre pareció olvidar la ausencia de él los domingos, cuando sus hijas van a la casa a almorzar. “Una madre no se acostumbra a la ausencia del hijo”, nos ha confesado.

¿Fernando continúa pintando?

No; en el lugar donde está no tiene las mínimas condiciones para poder seguir pintando. No hay espacio para poder trabajar en eso. Convive con nueve presos más en la misma celda. Es horrible esa cantidad de personas; la población penal en Estados Unidos es muy alta, y la de él es una prisión de baja seguridad, donde hay muchos que ya han cumplido gran cantidad de años y están próximos a salir.

Tenemos entendido que Oscar López, el independentista puertorriqueño, lo encaminó en los primeros trazos.

A Fernando sí le gustaba escribir; pero nunca tuvo muy buenas dotes para las manualidades, nada de eso, y de buenas a primeras, con el consejo de Alberto (Carlos Alberto Torres), otro independentista puertorriqueño, incursionó en la pintura mientras estaba en Wisconsin; después, en Terre Haute, Oscar lo orientó con sus ideas. Lo primero que mandó fue un retrato que me hizo —no me quitó ni una arruga para ponerme un poco más joven, reveló ella antes—. A medida que avanzó un poquito, pintó a sus hermanas, a Rosa Aurora. Cuando lo trasladaron para Arizona, todo eso se perdió porque no tiene condiciones para seguir en eso.

En el desierto —dijo el poeta— se puede asistir al nacimiento de una flor. Esta señal de vida en medio de la aridez, ¿cuánto tiene de paralelo con la amistad entre Fernando y los independentistas puertorriqueños, compañeros de prisión?

En medio de tanta desgracia, Fernando, por los menos, lleva el orgullo de haber compartido la prisión con esos dos independentistas presos políticos. Nosotros pudimos ver en la sala de visita a Alberto, aunque no podíamos saludarlo. También allí vimos a su papá, un señor mayor, ya anciano, que falleció cuando mi hijo aún estaba en esa cárcel. Fernando compartió esos momentos, tan difíciles, con Alberto, a quien no lo autorizaron a despedirse de su padre en el féretro. Oscar López es otro gran hombre, preso hace más de 30 años y que todavía está luchando por su liberación. Fernando ha sabido cultivar la amistad.

En lo inhóspito de la cárcel, Alberto comprobó lo que Magali nos comentaría: “Mi hijo es muy responsable para sus cosas, metódico; pero no refunfuñón”. Cinco años compartiendo las caminatas por el patio de la institución correccional de Oxford, le permitieron al expreso boricua conocer a un ser que a pesar de su sufrimiento, “no mostraba amargura por su condición”; aquellas andanzas —como ha relatado el independentista— derivaban “en remembranzas personales, o debates calurosos y quema latas que a veces terminaban en chistes o recuerdos de nuestras novias de juventud”.

No pocas zozobras venció Magali para poder llegar a esa penitenciaría en taxi, entre bosques nevados, y ver a quien era considerado el prisionero político más famoso en el estado de Wisconsin, según el distinguido letrado estadounidense Arthur Heitzer. No pocas manos solidarias se le tendieron a ella, igualmente, camino a Terre Haute o cuando acude a ver a su hijo en Safford, “un lugar desértico, con un calor terrible. En el pueblecito donde está la prisión, viven muy pocas personas; hay una farmacia, una iglesia; queda muy apartado de la ciudad”, aclara.

Quizás, en febrero próximo, Magali pueda estar de paso por allí para luego regalarle a Fernan —como lo llama— el abrazo de libertad en la puerta de la prisión. Ojalá no la priven del momento; lo otro sería cruel. Mientras tanto, en la noche y en casa, ella sigue intentando dibujar esos minutos en el pensamiento: se acuesta, cierra los ojos y parece que está flotando.

  Este 12 de septiembre se cumplieron 15 años del encarcelamiento de Gerardo Hernández, Ramón Labañino, René González, Antonio Guerrero y Fernando González, condenado, inicialmente, a 19 años.Como resultado del proceso de resentencia dispuesto por el Onceno Circuito de la Corte de Apelaciones de Atlanta y extendido desde el 13 de octubre de 2009 al 8 de diciembre de ese propio año, su sanción fue modificada a 17 años y nueve meses de encierro. Los tres cargos presentados en su contra fueron:
-Conspiración (acuerdo para cometer delito contra los EE. UU. o engañar a ese país.
-Falsificación de documentos o hacer declaraciones falsas ante autoridades gubernamentales para obtener documentos.
-Agente extranjero (actuar como agente de un gobierno extranjero sin ser diplomático ni comunicarlo al Fiscal General de EE.UU. De la forma en que está tipificado el delito en el Código Penal norteamericano, el delito no está en ser agente extranjero; sino en serlo sin estar identificado.

 Por: Enrique Ojito

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