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jueves, octubre 24, 2013

Carretilleros: ¿Eslabón intermedio de la cadena alimenticia?



Es un término que pulula en la cotidianeidad del cubano actual: carretillero. Sus melodías pregoneras invaden toda la geografía citadina…
¡Aguacates maduros, plátano de vianda, la cebolla morada, el ajo de diente grande, la piña y la guayaba madura! En fin…

No es un fenómeno nuevo, eso sí, pero su adecuación a nuestra realidad de «país de maravillas» lo ha puesto de moda, casi más de dos siglos después de su presencia en la Plaza Vieja, la de La Catedral y la de Cuatro Caminos. Los primeros ecos de estos vehículos datan de la dinastía Han china, en el siglo II antes de nuestra era. Otro referente del asunto es el término carry, que en inglés quiere decir transportar.



Pero bueno, vayamos a la esencia. Antes del 1959 el fenómeno de los carretilleros era bastante común en La Habana. Sobre ese modo de gestión individual —ojo, que conste que esta etimología es de instrumentación reciente— basaban sus ingresos muchas personas con precariedades económicas y tensas situaciones en su entorno familiar. Hoy, en cambio, esa realidad difiere, pues me atrevería a decir que muy pocos de los carretilleros han tomado ese sendero por fuerza de la vida.

La esencia de su accionar es la misma: ofertar productos de diversa índole, fundamentalmente agrícolas, para facilitarle la compra a miles de personas a quienes, por una razón u otra, se les dificulta el acceso a los Mercados Agropecuarios Estatales (MAE) o los de Oferta-Demanda (MOD).

En esa condición hay un espectro variable de personas que van desde ancianos, hasta otros, profesionales o no, que, teniendo en cuenta sus horarios de trabajo, no pueden acceder a tiempo a los diversos escenarios antes mencionados.


Claro que, «país de maravillas» al fin, todo fenómeno se tergiversa, se distorsiona, incluso los protagonistas asumen roles torcidos.


Cabría preguntarse, por ejemplo, por qué muchos de los carretilleros, en lugar de estar moviéndose para expender su mercancía, plantan bandera en cualquier esquina, a la sombra de un frondoso flamboyán, sin literalmente sudar la camiseta. Más contraproducente aún resulta el hecho de verlos madrugar en Tulipán, 17 y K y algunos otros puntos de estas características, para acaparar grandes cantidades de productos de los que se descargan, como si sencillamente fueran una cofradía dispuesta a sentenciar: ¡El botín es mío! Eso no lo es todo, lo verdaderamente engorroso es cuando muchos tienen que comprarle esos mismos productos al doble o más del precio con el cual se comercializan en los MAE, y por si fuera poco, en ocasiones hasta sucede este «trapicheo» producto-precio en las inmediaciones de las instalaciones de comercialización agropecuaria.

No es un comentario festinado ni un análisis superficial. Soy natural de Mulgoba, municipio Boyeros, un reparto que bien pudiera denominarse Far-Far Away, como el pantano habitado por el ogro Shrek. En mi barrio coexisto con al menos 15 carretilleros, conozco a diez, me he entrevistado con cinco, incluido uno que vende dulces. En su mayoría centran su quehacer de forma estática, los vehículos exceden las medidas estipuladas o legisladas por el Ministerio del Trabajo y Seguridad Social. Aquellos con los que platiqué no están empapados acerca de la declaración jurada de productos a comercializar, y por ende, el tributo que abonan sobre la base de sus ingresos personales no es del todo verídico. Sucede que sin el ojo del amo, no engorda el caballo. Hay quienes incluso han sido requeridos con multas alarmantes. Sin embargo, al cabo de los días vuelven a su desenfadada y distorsionada realidad.




El fenómeno no es exclusivo de mi barrio. Diariamente recorro casi 50 kilómetros entre mi casa y el trabajo, hago escalas en Altahabana, cuando acudo al Cerro Pelado en busca de alguna historia deportiva, mi razón de ser en esta profesión de la palabra. Con alguna regularidad voy a Playa, Centro Habana o La Habana Vieja, mi destino inicial es Plaza de la Revolución. En mi trayecto he comprado cosas, las he necesitado, he cargado y luego, me han quedado fuerzas para sentarme a escribir, como ahora.

Que conste que no dudo de lo operacional que resulta para muchos esta «nueva» forma de adquisición, cuando la mesa está casi a punto de servirse, Cronos acecha y la necesidad de buscar una alternativa de nombre guarnición es apremiante. Solo que como muchas otras cosas en nuestro «país de maravillas», desde su institucionalización oficial en el 2011 no ha tomado aún por los cauces correctos.

La avalancha de carretilleros en la capital hacia febrero del 2012 era de alrededor de unos 3 200 registrados legalmente, según información aportada por Arián Piñero, subdirector provincial de empleo en La Habana, al semanario Tribuna. Hoy nadie dude que esa cifra se haya casi triplicado. Entonces, merece la pena reflexionar, y no solo eso, también urge actuar, en función del bienestar de muchos y de la instauración del deber ser en nuestra sociedad, perfectible siempre.

Me despido parafraseando a Carlos Rafael Rodríguez, quizás no por el filo de estas letras, sino por el hecho de que cada reflexión se convierta en una daga, la cual lejos de herir, solo aguijonee aquellos lugares y espacios donde la vida se escucha distorsionada.

Los dejo con algunas cuestiones legisladas e incumplidas sobre el deber de los carretilleros. Tanta compra-venta-carga y viajeteo me agotaron por hoy. Solo por hoy…




Carretilleros: El deber ser.  


Su desempeño favorece a quien prefiere no moverse de casa para adquirir determinado alimento o a quien vive a una distancia considerable del mercado más cercano y esté dispuesto a pagar un precio mayor.

Se incluye en esta actividad la persona que presta servicios de trasladar y/o transportar productos, objetos, medios, artículos, cargas, que generalmente por su contenido se clasifican en ligeras, valiéndose de un artefacto rodante.


En el caso del Vendedor de productos agrícolas en forma ambulatoria, es la persona que comercializa productos agrícolas en la vía pública, desplazándose de un lugar a otro sin un suelo fijo, valiéndose de medios propios para transportar los mismos, utilizando el pregón u otra forma de comunicación para realizar la oferta y que debe de cumplir con las regulaciones urbanísticas y las normas de vialidad existentes.


El medio móvil que se emplee no puede exceder en sus dimensiones de dos metros de largo, por 1,50 de ancho y 1,20 de alto, y acatar las más elementales normas de estética, acorde al entorno urbano donde se mueven.


Son obligaciones a cumplir por los que ejercen esta actividad los deberes expresados en el Artículo ocho de la Resolución 33/2011, y las regulaciones establecidas en la Ley 109 Código de Vialidad y Tránsito, y así no causar afectaciones a la seguridad vial, ni obstruir con su actividad el paso de los vehículos y peatones.


Para ello es importante: no comercializar ni estacionarse en los ejes de las vías principales y protegidas, ni a 10 metros por las vías transversales; como medio rodante deben respetar las señales del tránsito y las orientaciones de los agentes del orden público, procurando no utilizar las aceras, y transitar siempre a favor del sentido de la vía y, en el momento de tener que estacionarse, hacerlo en la franja correspondiente al parqueo de vehículos.


Tienen que ejercer su labor desplazándose de un lugar a otro, pueden hacer paradas momentáneas para expender el producto a solicitud de un cliente, sin provocar aglomeraciones de público.


La mercancía no puede sobrepasar de manera desproporcionada los límites de los medios que están utilizando, procurando una armonía a la vista, garantizar la correcta higienización, estado y conservación de los productos y los medios que utilizan, así como su procedencia legal de los mismos.



La disposición promueve un correcto porte y aspecto, que a pesar de lo rudimentario de su labor, enaltezca la identidad de la actividad. Si producto de la venta se producen desechos u otras suciedades que afecten el entorno, procurar limpiarlos.


Finalmente puntualizó que queda prohibido a estos cuentapropistas comercializar arroz, papa, chícharos y azúcar.


Se ha informado a cada carretillero las vías en que se regulan o donde se prohíbe este tipo de ventas, que incluyen la prohibición de estacionarse a menos de 100 metros de los mercados agropecuarios. 



Escrito por  Harold Iglesias Manresa, especial para Cubasí

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